martes, 13 de octubre de 2015

Relato autobiográfico.


Hoy me siento a recordar, y así voy trayendo al presente cada uno de los recuerdos que me trajeron al aquí, al hoy de mi vida.
Comienzo a evocarlos y esbozo una sonrisa o me indigno con algo. Un camino que todavía queda por recorrer y una historia que se va construyendo y va adquiriendo nuevos y diversos rumbos.
Para empezar quiero hablar del “Allí”, tal como menciona Berman en su relato… Allí me veo completamente decidida a comenzar mi profesorado de educación física en el Romero Brest. Y “Allí” está esa huella que me marcó definitivamente y me trajo hasta el Aquí de mi vida.
Recordando, me puedo ver nuevamente en ese momento, parada frente a la puerta del instituto con todas las expectativas, nervios e incertidumbres que genera lo nuevo. De esa manera, fue como ingresé en la institución y en los primeros días me encontré con ella, una docente que de algún u otro modo marcó mi paso por dicho profesorado y me fue abriendo camino hacia un nuevo rumbo.
Ella dictaba clases de Educación Física en la Educación Inicial, algo que en ese momento no me interesaba tanto ya que estaba acostumbrada a estar con niños de edades mayores.
En fin… La personalidad de esta docente era en cierto modo “chocante”, o al menos así lo fue para mi. Para empezar yo tenía apenas 17 años y era la más chica de la clase, por lo cual, no tenía derecho a opinar ni a realizar ningún tipo de comentario hasta por lo menos haber cumplido los 18… o al menos, eso decía ella. Pero no fue su falta de respeto la que me trajo hasta aquí, sino algo que ella dijo, luego de que todos nos hubiéramos presentado…
Recuerdo exactamente sus palabras, como si no hubieran pasado ya cuatro años de dicho momento. No recuerdo su tono de voz, pero si el carácter despectivo con el que se paró y frente a todos nosotros dijo con desdén: “Miren, yo acá les traje este librito que escribí con el que vamos a trabajar. Pero no tienen que preocuparse mucho, porque los niños de nivel inicial, NO son personas”.
En ese momento dejé de escucharla. En las semanas siguientes intenté seguir yendo a sus clases, pero había algo internamente que no me lo permitía.
Necesitaba expresar frente a ella lo que pensaba, me parecía completamente equivocado su pensamiento… y si estos niños no eran personas… ¿por qué se dedicaba a dictar clases de educación física para dicho nivel? Para mí sí que eran personas, desde el primer momento… ¿por qué pararnos desde ese lugar de “los adultos somos mejores”? ¿por qué alguien considerado menor de edad (como era mi caso en ese momento) no podía expresar sus pensamientos, ideas o sentimientos? ¿los niños no tenían el mismo derecho que yo a poder pensar por sí mismos sin que los adultos les impusieran sus criterios?
Inmediatamente sentí un gran interés por esos niños, ganas de hacer algo con ellos. Entonces comencé a plantearme el por qué de mi decisión… ¿Por qué estaba ahí? ¿Qué quería hacer el día de mañana? ¿Merecía la pena arriesgar todo mi esfuerzo para ingresar al profesorado, por esos niños?
Y así fue como en medio de las dudas me encontré con una única certeza… esos niños eran y son la base de todo… si no los consideramos personas estamos en un lugar completamente equivocado. Y así fue como ese mismo año llegué al Normal 10 y hoy me encuentro aquí, en mi último cuatrimestre tal vez, sin arrepentirme de absolutamente nada de lo que hice.
Hoy tengo una hija de 2 años y ocho meses… hoy ya recorrí la mayor parte de mi trayecto de prácticas docentes… y hoy puedo afirmar con total certeza que los niños de Nivel Inicial sí que son personas, por lo que hay que darles el lugar que realmente merecen, y construir conjuntamente con ellos, sin pararnos jamás desde un lugar de autoritarismo, tal y como hacía esta docente, a la cual, a pesar de todo, le estoy profundamente agradecida. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario