La licenciada parte de una afirmación que va abriendo
diversos interrogantes. La misma es: “Hay un montón de escritos sobre los
límites, y aún así, es un tema que nos interroga permanentemente”.
Coincido plenamente con sus palabras, pues se trata de una
problemática que nos plantea constantemente un desafío, por no saber cómo
abordarla; de qué manera establecer una coherencia entre nuestro pensamiento y
nuestra acción; y por el temor a sus consecuencias.
A partir de su afirmación inicial estructura su charla en diferentes
ejes:
- Desafío
de educadores reflexivos e implicados
- Interrogantes
y reflexiones en función a la temática
- Miramiento:
significado y relación con la puesta de límites
- Preguntas
de siempre
Desafío de educadores reflexivos e implicados:
Nos propone aquí, partir de nuestras propias fantasías y
miedos, y mirar desde una perspectiva distinta, a fin de identificarlos.
Entonces pregunta: ¿Cuál es nuestra posición cómo educadores?; ¿A qué llamamos
fantasmas?; ¿Cuáles son nuestros fantasmas?; ¿De qué manera influyen en nuestra
manera de actuar?
De esta manera plantea lo siguiente:
- Influyen
en nuestras decisiones sin darnos cuenta:
§
Fantasías
§
Miedos
- Aspectos
de nuestras creencias
- Lo
no pensado o lo impensado
Establece que sin darnos cuenta, nuestro actuar en muchas
ocasiones se encuentra condicionado por el mundo imaginario, presente en cada
uno de nosotros. “Nuestras experiencias nos comandan, nos gobiernan, y a la
hora de actuar, aparecen con nosotros”.
Concuerdo con su modo de pensar, pues es una realidad que al
actuar y al resolver situaciones complejas en primera instancia debemos
identificar qué nos sucede a nosotros a la hora de poner límites, en qué
posición nos colocamos, de qué modo hablamos y qué decimos.
De esta manera nos plantea interrogantes que nos permitan
reflexionar al respecto sobre nuestras prácticas cotidianas: “¿Por qué ponemos
límites así?; ¿Por qué a veces varían según cada niño?; ¿Por qué a veces somos
tan incoherentes con lo que pensamos y decimos?; ¿No nos escuchamos a nosotras
mismas decir cosas como “sentate ahí y pensá”, “te vas a la sala de los más
chiquitos”, “ya te lo dije un montón de veces”, “debo estar hablando en chino”,
“te vas al rincón”, etc.?"
Y esto, ocurre porque hay un mundo que también forma parte
de uno y presiona y actúa. Por ello, nuestro modo de actuar, va a tener una
mayor coherencia cuando identifiquemos la presencia de ese mundo, de nuestras
propias creencias, miedos, y fantasías. Cuando logremos salir de nosotros
mismos, pues los fantasmas, opacan nuestra posibilidad de descentrarnos y
ponernos en el lugar del otro.
Entonces, considero la necesidad de preguntarnos ¿qué le
pasa y qué siente el otro?, como un modo de poder salir de nosotros mismos,
descentrarnos tal y como propone Marina. De esta manera podremos identificar
por qué el niño se manifiesta con una determinada conducta, que solemos
considerar como “mala”, y entonces poder ayudarlo adecuadamente, midiendo
nuestras palabras, ofreciendo una escucha, un apoyo afectivo. Conseguiremos así
una coherencia entre lo que pensamos que debemos hacer y lo que realmente hacemos,
sin terminar cayendo en esas frases clichés, que no contribuyen a que los niños
puedan internalizar la norma.
Interrogantes y reflexiones en función a la temática:
Este momento de la charla fue sumamente interesante ya que
nos permitió enriquecernos a partir del intercambio con todos los presentes.
Nos formuló una serie de preguntas para que debatamos en pequeños grupos y
después pudiéramos ponerlas en común.
En un primer momento, estuvieron relacionadas con nuestro
rol:
- ¿Cuáles
son las conductas de los niños que nos molestan/perturban?
- ¿A
cuáles acciones les ponemos límites?
- ¿Qué
situaciones nos hacen enojar?
En un segundo momento, se vincularon con los niños:
- ¿Cuáles
son las causas que desencadenan estas conductas?
- ¿Qué
estados emocionales causan este tipo de acciones?
- ¿Por
qué los chicos molestan…etc.?
A partir del intercambio, la licenciada realizó un cuadro,
en el cual transcribió las respuestas sobre las conductas/acciones y los
estados emocionales que las desencadenan:
Conductas/acciones
|
Estados emocionales
|
- Caprichos
- Burla
- No
escuchan
- Desafían
- Agresiones
físicas/verbales
- Amenazas
|
- Aburrimiento
- Cansancio
- Frustraciones
- Para
llamar la atención
- Descarga
- Angustia
- No
poder poner en palabras
- Malestar
con las familias
- Desatención
de las familias
|
A partir de estas respuestas, las reflexiones fueron:
La dificultad del niño es emocional, no se trata de falta de
entendimiento ni se soluciona con explicaciones.
Entonces, debemos necesariamente poder ponernos en otro
lugar, pensar nuestro rol desde otra perspectiva, realizando constantemente una
autocrítica: “¿Miro a los niños?; ¿Me acerco?; ¿Les hablo?; ¿Los escucho?”.
"Si nosotros les hacemos preguntas a los niños como: qué
parte de lo que dijimos no entienden, si hablamos en un idioma distinto, si se
dan cuenta de que estuvieron “mal”… Se produce un quiebre entre lo que saben,
lo que dicen para agradarnos; y lo que realmente pueden o están dispuestos a
hacer".
Es fundamental darnos cuenta de que su modo de comportarse
no está destinado a nosotros, sino que tiene que ver con algo que le pasa al
niño, pues “no podemos sancionar y castigar un estado emocional”. Si no
logramos esto, puede que por momentos los enojos sean mutuos, o que lleguemos a
“rivalizar” con ellos, a ver quién gana.
Finalmente ella nos propone mirar a los niños para
comprender que ellos muchas veces no saben qué les está pasando o de qué modo
expresar eso. Sus impulsos aparecen sin poder ser tamizados. Entonces, desde
nuestro rol tenemos que poder decir, contener, acompañar y sancionar: ofrecer
una explicación pero al mismo tiempo una intervención colmada de afecto, ya que
de lo contrario, no abrimos un diálogo, sino un reto y desde un lugar de poder.
Intervenciones posibles:
- No
se pregunta: ¿qué te pasa? Se le explica lo qué le pasa
- Las
acciones se limitan
- ¿Y
las emociones, se limitan?
Nos propone acercarnos a los niños y decirles: “Parece que
te sentís mal. Estás angustiado. No sabés qué te pasa, yo tampoco, pero sí sé
que quiero que estés bien. Sos importante para mi… etc.”. Así podremos
colocarlos en un lugar de empatía para que los niños puedan darse cuenta que
los reconocemos, que nos importan.
Al mismo tiempo nos invita a explicarles: “Esto no se puede.
No se hace en el jardín”. Y alejarnos de los famosos “premios y castigos”, que
lejos de un aprendizaje o de una internalización de la norma por parte de los
niños, resultan ser meras especulaciones.
En cuanto a las emociones, Marina nos dice que las mismas
tienen que ser comprendidas y no juzgadas. Se identifican y se muestran.
Muchas veces al sancionar una conducta o poner un límite,
también sancionamos su estado de ánimo: “¿Por qué llorás si el que hizo las
cosas mal fuiste vos?; ¿Encima te enojás?; ¿Por qué pataleás?”. Tenemos que
entender que los niños están en todo su derecho de enojarse, si a nosotros
mismos nos ocurre.
Para comprender mejor esto, nos propuso a continuación
realizar un ejercicio a partir de diferentes fotografías artísticas de niños.
Así, después de una primera percepción en la cual la mayoría coincidía en que
el contemplarlas generaba ternura; se llegó a una segunda, en la cual,
comprendimos que el colocar a los niños en ese lugar implica una omisión del
sufrimiento infantil: ninguno parecía contento de estar en ese lugar o
disfrutando del momento. Entonces vemos que esta omisión no se da solamente en
el nivel inicial, sino que ya está instaurado en la sociedad.
Miramiento: significado y relación con la puesta de límites:
“Es mirar con amoroso interés a quien se reconoce como
sujeto ajeno, diferente a uno mismo” Fernando Ulloa (1995)
La propuesta es entonces, poder tener miramiento. Esto
significa pensar al límite como contención para finalmente poder poner un borde
al desborde. Escuchar, comprender, acercarse amorosamente, ofrecer empatía. La
capacidad de descentrarse, ponerse en el lugar del otro.
Preguntas de siempre:
- ¿Qué
significa portarse mal?
- ¿Se
portan mal o se sienten mal?
A partir de estos interrogantes concluye diciendo:
Si el niño se siente mal y no lo ayudamos a sentirse mejor,
tampoco lo estamos ayudando a que se porte “bien”.
Tenemos que…
- Poder
analizar qué nos pasó en una determinada situación, para ver cómo actuamos
y cómo nos gustaría hacerlo en otras oportunidades.
- Superar
la lógica de los premios y castigos, ya que la misma está basada en la omisión
y el sufrimiento. No escuchamos realmente lo que le está pasando al niño.
- Ayudar
al niño a autorregularse, a internalizar la norma, favoreciendo el proceso
de la autonomía moral.
La intervención educativa es…
- Nuestra
responsabilidad y la escuela es una oportunidad.
Tenemos que acercarnos y escucharlos, poder hacer algo
diferente por los niños. Corrernos del lugar cómodo de poner el problema
afuera. A esto, la Lic. Laura Pitluk, también presente, agregó: “Lo peor que
podemos hacer es responsabilizar a otros de algo que podemos modificar, y mucho
menos a los niños”.
En palabras de Marina: “Cuando uno se para en otro lugar y
cuida al niño desde otro lugar, se pueden alcanzar muchas cosas. Si las malas
experiencias dejan marcas profundas, ¿por qué no pensar que las buenas también
lo hacen?”.
Considero que esta charla fue sumamente enriquecedora, ya
que se trata de una problemática latente. No podemos negar que aún existen
prácticas que no contribuyen a que los niños comprenda, internalicen las
normas, y que nosotros también nos encontramos muchas veces implicados en
ellas, por, tal y como dijo Marina en su charla, nuestro propio mundo interno.
Entonces ¿qué hacemos para revertir esta situación y realmente ayudar a los
niños?
Dejo a continuación una experiencia narrada por la
licenciada, para invitar a la reflexión sobre la puesta de límites. En dicha
experiencia se percibe con claridad el sometimiento del más fuerte al más
débil:
En una sala de bebés, había una silla en un rincón, colocada
de tal modo que los niños que eran sentados allí, solo pudieran observar la
pared. La practicante preguntó por qué la silla estaba colocada de esa manera,
y las docentes le explicaron que se trataba de la sillita de los aburridos,
para que aquellos que se portaran mal se aburrieran un poquito y así tuvieran
ganas de portarse mejor. Rematando su explicación con la frase: “Como siembras,
cosecharás”.